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La guerra es la paz

julio2011Con esta premisa llevada al titular, el visionario George Orwell establecía los fundamentos del Ministerio de la Paz allá por 1949. En principio, una ficción literaria en la que el británico supo describir a la perfección la manipulación de un estado totalitario y represor, donde reescribir la historia era parte fundamental de su postulado, donde la libertad era la esclavitud, donde la ignorancia es la fuerza.

No hace falta zambullirse por completo en aquel universo ‘orwelliano’ de 1984 para poder relacionar, no sin cierta ironía, los paralelismos con aquel Socing del insigne escritor y periodista, y la situación sociopolítica que nos ha tocado sufrir, y mucho más si estamos vinculados al microcosmos fallero.

En una recta final del ejercicio que bien podía haber incluido Orwell en esta o en cualquier otro de sus ensayos, podemos comprobar como la política hace verdaderos estragos en nuestro día a día. Como el órgano de propaganda retuerce la información en un ejercicio de contorsionismo lingüístico que en ocasiones podría dejar corto al mismísimo Ministerio de la Verdad de Eric Arthur Blair, quien recreándose en su poder buscaba como nadie que la versión oficial fuera parte indiscutible de la historia. Cambios de titulares en cuestión de minutos, informaciones al dictado, partidas publicitarias de dudosa catadura, contradicciones diversas, y silencio, mucho silencio cuando se trata de salvaguardar la hegemonía de Partido (o partidos) Único.

No creo reconocer lo que en la neolengua de Orwell quiso llamar Miniluv o Ministerio del Amor, aquel donde se practicaban las torturas de diverso calado para reeducar a los divergentes, aunque también entiendo que seguramente las técnicas de administrar castigos han evolucionado en estos setenta años.

Todo podría ser ficticio o real, depende de la imaginación o el criterio que apliquemos, el de 2014/2015 o el de 2019. De hecho, todos quieren alcanzar un puesto en el círculo interior, y allí que los tenemos hasta en la sopa al grito de no politizar la fiesta. No hay acto de ‘proles’ donde no aparezca un representante del circulo interior, exterior, o aspirante a miembro destacado del Socing en busca de la gloria y relegando a los verdaderos protagonistas. ‘Ponga un político en su fiesta’, podría titular. Casales, carpas o salones diversos, allí estarán buscando con su mejor sonrisa esa foto que puedan hacer viral en redes sociales a costa de una prole que trabaja con tesón y utilizan en su beneficio, sin incluir en la tournée el desembarco o festín de onanismo en butaca del Palau.

Una prole fallera a la que, entre saludos de mueca fácil, desprecian en su gestión diaria, recordemos por ejemplo que los integrantes del Consejo Rector son componentes de la JCF y nadie recuerda si algún día pasaron por un pleno, desatendiendo a mi entender lo que sí forma parte de su remunerado trabajo.

Unos representantes de postal y ombligos lustrosos, de boca grande cuando la hora del sufragio se acerca, y pequeña, muy pequeña o cerrada cuando de salvar la dignidad se trata, a quien tanto beneficio a la sociedad genera.

Daltónicos de una realidad a su merced, sepulcros blanqueados donde entre ‘floretes’ machistas se pasan por el arco del triunfo sus propias guías de comunicación inclusiva y no sexista, olvidando los colores neutros indicados para evitar la iconografía sexista, y abogando por una farsa que ni vende ni convence. Big Brother is watching you.

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