La fiesta fallera evidenció más que nunca que homenajear ‘als coeters’ con un monumento en la catedral de la pólvora debería ser cuestión de beneplácito generalizado, no de afrentas políticas. Un ejemplo claro fue el rostro de emoción de Doña Vicenta Peñarroja Fas, La coetera de la Vall, al recibir el aplauso unánime de la plaza. Son ellas y ellos, quienes escriben nuestro legado cultural quienes se merecen más que nada o nadie los verdaderos reconocimientos.

Ejemplos entre otros como el de Doña Vicenta, la mujer que a pensar de su juventud defendió con uñas y dientes el legado de su padre y su abuelo en circunstancias muy complicadas, para ver como su hijo y nieto disparaban su vigésimo quinto disparo de inicio del ciclo fallero, de los 28 que llevan en la plaza.
Las Falleras Mayores, sus cortes, y el propio presidente de JCF, se estrenaban en la plaza dando la orden de disparo más emotiva de las previstas, a la indicación del incombustible Algarrobo, no sin antes entregar un detalle floral a Doña Vicenta, quien acompañada de su familia disfrutaría de la multitud congregada.
Disparo correcto de los herederos de la matriarca, aunque su devenir fuera realmente lo menos importante del día.

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