Cuando entras en La Clau Indumentaria Valenciana, entras en una cápsula temporal donde todo el año se respira Fallas. La ilusión, la emoción a flor de piel y los sueños cumplidos de las clientas son baluartes sobre los que reflexiona en las siguientes líneas Sara Benlloch, responsable de la firma.

Para Sara Benlloch, ser indumentarista no consiste en coser un traje. A su juicio, el oficio supone formar parte de una tradición y de una manera muy propia de entender la belleza, la cultura y el sentimiento valenciano.

Quienes viven este oficio desde dentro, recuerda, saben algo que muchas veces no se ve: las Fallas no duran una semana. «En un taller, las Fallas se viven todo el año», resume.

Esa vivencia, explica, empieza cuando una clienta entra por primera vez y comienza a soñar su traje. «Se viven escogiendo una tela, estudiando la colorimetría, buscando la manteleta adecuada, pensando un dibujo, proponiendo una combinación o descartando otra», detalla. Y continúan en el trabajo de taller: «desde la toma de medidas, seleccionando el patrón según el tejido, en cada prueba, en cada alfiler, en cada corrección». Hasta llegar a ese último ajuste que parece pequeño, «pero que puede marcar la diferencia entre un traje simplemente bonito y un traje totalmente a medida que emociona».

La indumentarista subraya que detrás de cada valenciana perfectamente vestida hay muchas horas que nadie ve. «Hay experiencia. Hay formación. Hay paciencia. Hay errores que se corrigen y decisiones que se toman pensando siempre en quien va a llevar ese traje», enumera. A ello suma las manos cansadas, las jornadas interminables y una enorme responsabilidad, porque, afirma, «cuando alguien confía en nosotras no nos entrega solamente una tela, nos entrega una ilusión. Con eso trabajamos, con los sentimientos de las personas».

De ahí el orgullo que dice sentir por las mujeres de sus talleres. «Por las que cosen, prueban, rectifican, aconsejan y vuelven a empezar las veces que haga falta», precisa. Son ellas, destaca, quienes convierten metros de tejido en algo que terminará formando parte de fotografías, recuerdos familiares y momentos que permanecerán durante toda una vida.

Benlloch pone el foco, además, en una parte del oficio de la que pocas veces se habla: la empresarial. Mantener un taller abierto durante doce meses, advierte, significa mucho más que saber coser. «Significa sostener un negocio, cumplir horarios, atender a nuestros clientes, generar empleo, invertir en materiales, formación e instalaciones y hacer frente, mes tras mes, a todas las obligaciones que supone desarrollar una actividad profesional», explica. Y lo resume en una frase: «No es lo mismo coser que mantener un taller».

En su opinión, quienes levantan cada mañana una persiana asumen una responsabilidad que va mucho más allá de la aguja y el hilo. Por eso apuesta por profesionalizar el oficio, dignificarlo y darle el valor que merece. Y lanza una reivindicación directa: «Creemos que quienes trabajamos observando las reglas laborales, fiscales y empresariales debemos poder competir también en igualdad de condiciones». Defender la indumentaria valenciana, sostiene, «significa también defender a quienes hacen posible que este oficio tenga futuro».

Sara Benlloch recuerda que, cuando llega marzo y las calles se llenan de música, flores y pólvora, el trabajo de los talleres parece hacerse visible de repente. «Pero nosotras sabemos que aquellas Fallas comenzaron muchos meses antes, probablemente en un pequeño taller, alrededor de una mesa, entre telas, patrones y conversaciones», asegura.