Carro vacío

Manolo okHay veces en las que te asomas al balcón y ves que lo que hay fuera no merece la pena. Esta afirmación podría preceder un soliloquio taciturno sobre la realidad actual y cómo sus fauces despiadadas nos trituran el alma a cada ladrido que asesta el cancerbero social. Y les diré que sí, pero no. No habrá lírica triste y cenicienta. Habrá realidad descarnada.

Las fallas son outsiders de la ciudad que las vio nacer. Son como hijos pródigos a los que no se les invitó a entrar una vez volvieron. Desheredadas, despojadas de todo ropaje y a la intemperie, la ciudad del Turia reniega una y otra vez de sus vástagos como si se avergonzara de ellos.

Las fallas son entes marginales que la ciudad vapulea o corona según le venga en gana. Y no se me engañen los aprovechados queriendo entender ‘la ciudad’ por ‘el gobierno municipal’. Ese sabe lo que le cuestan y lo que le reportan las fallas, y allá en los soportales de su casa consistorial nos ha ido acogiendo con buen tino en estos meses de zozobra. No, no, yo apunto a otro lado. Acuso a las valencianas y a los valencianos. Esos son los que no quieren a las fallas.

Asómense ustedes a las redes sociales un instante para ver el ‘cariño’ absoluto que se destila hacia la fiesta fallera, y que es bárbaro en esta nueva época del hierro. Los palos nunca faltan para las fallas, provocadoras, según los amables conciudadanos, de desmanes, desvaríos y, como una suerte de nueva Babilonia, generadores de un escándalo y desorden tan evidente y descontrolado que a algunos (muchos) les resulta obsceno que se hable de celebrar las Fallas en estos tiempos. Hay cosas más importantes, dicen.

Los casales de las fallas se han convertido en auténticos ‘búnkers’ de esta pandemia. Tomas de temperatura, geles hidroalcóholicos, aforos limitados, distancias. Se dio un protocolo y por la cuenta que nos trae se cumple a rajatabla.

Para las familias cuyas economías dependen y se sostienen de la fiesta sí es importante. Para los profesionales de la indumentaria, hundidos; para los pirotécnicos, derrotados; para los artistas falleros, buscando un norte sin horizonte; para floristas, para músicos, para proveedores de bebidas, de comida, empresas de iluminación y espectáculos, hostelería, restauración. Para todos aquellos a los que la suspensión de las fallas les asestó un golpe fatal en la sien. Para ellos sí que es importante. Porque para ellos algo tan prosaico como comer y pagar facturas sí que es importante.

No quiero pensar que esos zotes, esos absurdos ciudadanos que no tienen ni repajolera idea de qué demonios es de lo que van las Fallas, obvien todo eso para centrarse en que las fallas son fiesta, ruido, molestias, cortes de calle, jolgorio, cachondeo. ¿Cachondeo? Nunca el mero cachondeo costó tantas horas de sueño, dineros de los bolsillos y dolores de cabeza a nadie en esta vida, por lo menos eso creo yo. Así que no me vengan con sandeces.

Harto estoy de aguantar a los estultos del cap i casal sus escupitajos cargados de moralina cuando espetan que ‘ahora hay cosas más importantes’. Sí claro, claro que hay cosas más importantes. Por ejemplo, que usted, ciudadano, lleve siempre la mascarilla puesta (y bien puesta), que se lave las manos, que guarde la distancia de seguridad. Y luego lo de controlar las fiestas universitarias, los botellones, las mandangas varias, las bodas que se descontrolan y otras cosas que sí están pasando. En las fallas nada de nada. En las fallas sí que todo bien.

Los casales de las fallas se han convertido en auténticos ‘búnkers’ de esta pandemia. Tomas de temperatura, geles hidroalcóholicos, aforos limitados, distancias. Se dio un protocolo y por la cuenta que nos trae se cumple a rajatabla. Pero las fallas… hablar de fallas ahora, dicen los que dictan sentencias de razón y sensatez, no es lo que toca. Dicen que hay cosas más importantes.

Luego están los otros, los que al final provocarán el apocalipsis de las Fallas. Los que niegan los múltiples escenarios para poder articular unas Fallas (cualesquiera que sean las condiciones) para poder seguir teniendo fiesta del fuego en esta ciudad. Porque después de todo el daño que hicieron a la fiesta en su momento con gritos, pataleos y exigencias de ‘o completas o nada’ (la historia los pondrá en el lugar que merecen), aún siguen con mamandurrias. Esos, al carajo.

El caso es que cuando el fallero pone sobre el tapiz las cartas para que las Fallas lleguen y veamos la luz en algún momento, siempre hay un ciudadano, una ciudadana, un opinador al que nadie le dijo que opinara, que sentencia vehemente aquello de ‘ahora hay cosas más importantes que las Fallas’. A ver si de esta amarga manera nos damos cuenta de que por mucho Patrimonio Inmaterial y mucho de todo, al final para muchos (muchos, muchos) no somos nada.

‘Hay cosas más importantes’. Pues permítanme que, para mí, al igual que para cientos de personas, una de las cosas más importantes de este momento sean las Fallas. Perdonen si les parezco frívolo.

NOTA: Este artículo se escribió antes de la nueva declaración del Estado de Alarma (25-10-2020).

Julio okSiete meses ya. Siete meses en los que la mayoría no hemos pisado nuestros casales. Siete meses desde aquel fatídico 10 de marzo, cuando a falta de cinco días, un maldito ‘bicho’ nos mojó la pólvora.

Una decisión irremediable, premonitoria de lo que nos vino encima cuatro días después, y muy diferente a la tomada dos meses después, cuyas consecuencias las sufriremos posiblemente por mucho más tiempo.

Quiso el destino que un nuevo 15M, entre prisas y onanismos, dilapidara con un mes de antelación cualquier posibilidad de evitar males mayores.

Era todo o nada. Por mis falleros y falleras mayores, por las paellas y la patrona. Encuesta torticera incluida, no había más opción en el rugir de la caverna. Blanco o negro. Paradójicamente bramidos provenientes de los mismos que ahora se las dan de comprensivos solicitando un plan A, B, C, D, etc. y que entonces no dieron más alternativas.

Esos mismos ‘doctores’ que exigían públicamente que sin vacuna nada, son los mismos que, en sagrado culto al cinismo, critican ahora a quien, sin afirmar, y a buen seguro aconsejada por una de las grandes eminencias de España en la materia, e integrante del Comité Científico Técnico a nivel estatal, sugiere lo que ellos mismos exigían hace cinco meses. No quiero pensar lo que hubieran dicho de decir lo contrario, aunque no es difícil imaginar, lo mismo.

Dejemos de mirarnos el ombligo y entendamos que esto no es un mal sueño que olvidaremos al despertar.

Aquí no importa lo que se dice, sino quién lo dice. El ser humano es así, y mucho más en el país del Lazarillo de Tormes. Algunos incluso son capaces de redactar comunicados donde criticar lo que nadie afirmó, y se quedan tan a gusto.

Tampoco importa o se recuerda que, en los últimos 35 años, más de 25 millones de personas murieron por un retrovirus; o que el pasado año, una bacteria con más de 15.000 años entre nosotros se llevó a 1,4 millones de personas. Afecta al 33 % de la población mundial, pero eso ahora no parece relevante. Somos así. Sabemos más que nadie, pero no quisimos aprovechar la ventana estival que se nos abría por simple egoísmo que posteriormente negamos. Opción que quizás haya que volver a tener muy en cuenta en breve.

Ignoramos que uno de cada tres bares o restaurantes cerrará antes de que acabe el año. Empresas que también aparecían en nuestros llibrets, o trabajadores que integran nuestros censos, que colaboraban, aunque fuese con lo justo, en nuestros presupuestos. Imaginemos por tanto la sangría en los sectores directamente involucrados, que también acabará repercutiendo en los presupuestos falleros. Sencillamente hundimos nosotros mismos la economía que hace grande a la fiesta, por cinco días de ombligo patrio.

¿Y qué pasará dentro de cinco meses si no bajamos radicalmente las cifras? ¿Si no están vacunados 46 millones de españoles? ¿Haremos repetir de nuevo a las Falleras Mayores? ¿Seguiremos pagando la cuota mensual todos los falleros? Porque de esto en concreto nadie se acuerda.

Paguitas para unos, incremento para otros, convenios institucionales con minuta del negociador, pero de los siete meses a fecha de hoy sin pisar casal, pagando cuota, nadie dice nada.

Buenos, todos no. Para quien se lo quiera creer, todos menos un insignificante 4% que más parece un insulto a la inteligencia. Si alguien quiere hacer cálculos, hablo a vuelapluma de los más de 20 millones de euros en cuotas, solo en Valencia capital, que saldrán de forma directa de los bolsillos de los falleros para seguir manteniendo una fiesta que no están disfrutando. Para seguir pagando a aquellos que tanto les reclaman. Para que la administración no ponga todos los medios necesarios para poder plantar, porque de eso se trata, aunque nos olvidemos de ello, de plantar falla. Plantar un patrimonio que se nutre de falleros vestidos con sus mejores galas, pólvora, música y falla.

Los casales, las carpas, incluso la calle en sus necesidades concretas, pueden ser tan seguras como cualquier otra instalación o evento organizado por nuestras instituciones. Los falleros y falleras están padeciendo una restricción de movilidad que no sufrieron ni los madrileños en pleno Estado de Alarma el pasado puente del Pilar, olvidándose que pueden ser tan responsables como cualquier otro ciudadano. De hecho, podría ser hasta más sencillo cumplir con las normas exigibles, porque el problema no está principalmente en nuestros barrios, el dilema surge de aquello que no es su responsabilidad, que compete exclusivamente a nuestras administraciones saber gestionarlo.

Pongamos los pies en tierra. Dejemos de mirarnos el ombligo y entendamos que esto no es un mal sueño que olvidaremos al despertar. Asumamos que tenemos pesadilla para rato, teniendo que buscar la manera de no agravar más la situación pisando como lo hacía el caballo de Atila.

NOTA: Este artículo se escribió antes de la nueva declaración del Estado de Alarma (25-10-2020).

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