Carro vacío

JulioNuevo año, renovadas ilusiones. Las comisiones falleras comunican sus nuevos rostros y comienzan a caminar por un nuevo ejercicio. Un folio en blanco que primeramente habrá que llenar de números para ver el cuánto y el cómo. Los pros y los contras del pasado ejercicio. Porque esa y no otra es la realidad fallera. La del casal, la del día a día donde para unos es tan importante hacer teatro, como para otros cabalgata. Donde todo cuenta para sacar adelante un presupuesto, desde el beneficio de la cervecita y los cacaos de aquellos venerables que sólo quieren o se ven con fuerzas para envidar sesenta piedras o poner sus índices sobre el tablero, a las inquietudes de aquellos integrantes del futuro de la fiesta, lleven todavía coletas o sean imberbes acelerados.

Todos tienen que estar reflejados en el presupuesto final, porque de todas sus cuotas depende la supervivencia no sólo de ese patrimonio cultural denominado Fallas, sino que ahora también está esa losa que les han colgado al cuello para que salven un oficio. Habrá por tanto que sentarse y analizar a dónde fue a parar su aportación económica en pro de la cultura, y ver de dónde salen los cuartos para el nuevo ejercicio. En qué se falló y en qué se puede mejorar. Así es como sucede cada año, porque los falleros, y pese a que algunos sigan sin entenderlo, hacen su autocrítica a diario, buscan soluciones y aportan ideas en los foros adecuados. Desde la experiencia que da la opinión de sus falleros, desde las bases de un organigrama democrático, mal que les pese a quienes por sistema criticaran lo que no compartan, intentado desacreditar un sistema de mayorías.

Una diferencia considerable con aquellos que elegidos por la ‘dedocracia’ de un superior, vienen encima a dar clases de democracia.

Un contraste que más si cabe se evidencia, cuando recordamos, pues parece que se tenga que recordar a diario, que a unos, los políticos, se les paga por realizar un cometido que podríamos concretar en tres puntos ineludibles: escuchar a sus convecinos, ofrecer soluciones y gestionar.

Por contra, quienes pagan, quienes aportan riqueza, fiesta y cultura, son los falleros. Curioso por tanto que sean los políticos quienes afeen la conducta a estos por no aportar soluciones cuando a ellos les interese, y más si en tiempo y forma se mostraron los problemas y las formas de evitarlos. Extraña paradoja de quien sigue sin entender en qué puesto del organigrama se encuentra cada uno, y quién es quien tiene que rendir cuentas a quién.

Vamos, como cuando los artistas se quejan de los falleros, sus clientes, por ser estos los que cada año se dejan su dinero en sus trabajos, quienes los valoran. El que paga valorando lo que compra, habrase visto semejante barbarie…

Pero con todo esto tenemos humo, esa cortina que tanto gusta a esta casta política dominante que recurre a cualquier falacia, como la de la independencia de los llamados a ser jurados de las fallas municipales mientras preside un único partido, y así sentirse en paz consigo mismo y su ombligo.

Humo, titulares, banderas, causas que justifiquen o tapen una gestión de pandereta donde los falleros siguen por ejemplo sin tener voz y voto en los asuntos económicos de su fiesta. Donde la pérdida de poder adquisitivo está tan presente como hace cuatro años. Donde se quiere responsabilizar a los falleros que se dejan su dinero cada año en un patrimonio cultural de primer orden mientras otros siguen aprovechándose de su trabajo, incluidas las propias administraciones, que recaudan y no aportan más que el aguinaldo.

Manolo¿Se acuerdan de ‘Tristón’? Sí, hablo del perrete de juguete al que le cantaban aquello de “le han echado, no le quieren… Pobrecito, ¿qué va a hacer? Busca a alguien que lo cuide y lo pueda comprender”. Oigan, pues el fallero está tal cual, igualito que ‘Triston’. El fallerito de a pie anda cabizbajo por enésima ocasión en esta legislatura. Anda fastidiado el pobre, y lo hace porque como de costumbre sigue teniendo la culpa de absolutamente todo lo que pasa en esta ciudad en general, y durante las Fallas en particular. Y en esto último tienen razón.

El fallero es culpable de pagar, pagar y pagar para que cada comisión saque a la calle su falla, haga su fiesta, ponga sus luces, engalane la plaza y los políticos puedan sacar pecho ante el mundo y decir “Som Patrimoni”.

El fallero es culpable de perpetuar la tradición contra viento y marea, pasando soberanamente de los intentos de injerencia del político que, buscando tutelar la fiesta desde el poder a su antojo, muestra el camino que ha de ser con total descaro, sin ambages. Sin cortarse un duro, vaya.

El fallero es culpable de ser el motor asociativo más grande de la ciudad. Uno al que intentan quitarle importancia y relevancia cuando vienen las cosas mal dadas al político. Uno al que los políticos prueban de manipular con promesas que se lleva el viento y no vuelven. Uno que es ‘de dretes de tota la vida’, machista y rancio o abierto, moderno e integrador según le vengan dadas al político de turno.

El fallero es el culpable de tener que soportar sobre su espalda parte importante del tejido económico que se desarrolla gracias a las Fallas. Y lo es porque nada es gratis, aunque a algunos les parezca que sí. Por eso el fallero ‘curra’ de lo lindo, para poder pagar la falla, a la banda de música, al pirotécnico, al iluminador, al indumentarista, etc. ¿O es que aun se creerá alguien que con las cuotas anuales se hace frente a los gastos que conlleva una comisión? Seguro que sí, alguno lo pensará. Alguno que no es fallero.

El fallero sigue siendo culpable de que existan las Fallas, y eso les pesa a muchos que sueltan dentellada tras dentellada buscando socavar su autoridad, la del fallero, en el continuo de la fiesta. Siguen intentando hacer sonrojar al fallero después de Fallas, y esto se ha convertido, a mi juicio, en la más vergonzosa de las costumbres que se han puesto de moda en los últimos años. Pero pese a ello, ahí está el fallero. Tristón como el perrete, pero ‘fent camí’.

De lo que no es culpable el fallero es del botellón incontrolado que vive la ciudad durante las Fallas y del que año a año hemos sido testigos de cómo ha hastiado a las comisiones. Los agentes festivos lo han resaltado negativamente en muchas ocasiones, pero ahora parece ser que resultan ser los máximos responsables del festival. Pues nada. Una más que anotar.

“Le han echado, no le quieren… Pobrecito, ¿qué va a hacer?” decía la sintonía comercial de Tristón. Y acababa con una frase: “Tristón sólo quiere un amiguito, un hogar y mucho amor”. Pues el fallero tristón ya tiene un hogar, Valencia, y tiene mucho amor, el amor que siente por la fiesta más grande del mundo contra viento y marea. Ahora sólo le falta un amigo. Uno que le quiera de verdad.

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