Carro vacío

Julio okSiete meses ya. Siete meses en los que la mayoría no hemos pisado nuestros casales. Siete meses desde aquel fatídico 10 de marzo, cuando a falta de cinco días, un maldito ‘bicho’ nos mojó la pólvora.

Una decisión irremediable, premonitoria de lo que nos vino encima cuatro días después, y muy diferente a la tomada dos meses después, cuyas consecuencias las sufriremos posiblemente por mucho más tiempo.

Quiso el destino que un nuevo 15M, entre prisas y onanismos, dilapidara con un mes de antelación cualquier posibilidad de evitar males mayores.

Era todo o nada. Por mis falleros y falleras mayores, por las paellas y la patrona. Encuesta torticera incluida, no había más opción en el rugir de la caverna. Blanco o negro. Paradójicamente bramidos provenientes de los mismos que ahora se las dan de comprensivos solicitando un plan A, B, C, D, etc. y que entonces no dieron más alternativas.

Esos mismos ‘doctores’ que exigían públicamente que sin vacuna nada, son los mismos que, en sagrado culto al cinismo, critican ahora a quien, sin afirmar, y a buen seguro aconsejada por una de las grandes eminencias de España en la materia, e integrante del Comité Científico Técnico a nivel estatal, sugiere lo que ellos mismos exigían hace cinco meses. No quiero pensar lo que hubieran dicho de decir lo contrario, aunque no es difícil imaginar, lo mismo.

Dejemos de mirarnos el ombligo y entendamos que esto no es un mal sueño que olvidaremos al despertar.

Aquí no importa lo que se dice, sino quién lo dice. El ser humano es así, y mucho más en el país del Lazarillo de Tormes. Algunos incluso son capaces de redactar comunicados donde criticar lo que nadie afirmó, y se quedan tan a gusto.

Tampoco importa o se recuerda que, en los últimos 35 años, más de 25 millones de personas murieron por un retrovirus; o que el pasado año, una bacteria con más de 15.000 años entre nosotros se llevó a 1,4 millones de personas. Afecta al 33 % de la población mundial, pero eso ahora no parece relevante. Somos así. Sabemos más que nadie, pero no quisimos aprovechar la ventana estival que se nos abría por simple egoísmo que posteriormente negamos. Opción que quizás haya que volver a tener muy en cuenta en breve.

Ignoramos que uno de cada tres bares o restaurantes cerrará antes de que acabe el año. Empresas que también aparecían en nuestros llibrets, o trabajadores que integran nuestros censos, que colaboraban, aunque fuese con lo justo, en nuestros presupuestos. Imaginemos por tanto la sangría en los sectores directamente involucrados, que también acabará repercutiendo en los presupuestos falleros. Sencillamente hundimos nosotros mismos la economía que hace grande a la fiesta, por cinco días de ombligo patrio.

¿Y qué pasará dentro de cinco meses si no bajamos radicalmente las cifras? ¿Si no están vacunados 46 millones de españoles? ¿Haremos repetir de nuevo a las Falleras Mayores? ¿Seguiremos pagando la cuota mensual todos los falleros? Porque de esto en concreto nadie se acuerda.

Paguitas para unos, incremento para otros, convenios institucionales con minuta del negociador, pero de los siete meses a fecha de hoy sin pisar casal, pagando cuota, nadie dice nada.

Buenos, todos no. Para quien se lo quiera creer, todos menos un insignificante 4% que más parece un insulto a la inteligencia. Si alguien quiere hacer cálculos, hablo a vuelapluma de los más de 20 millones de euros en cuotas, solo en Valencia capital, que saldrán de forma directa de los bolsillos de los falleros para seguir manteniendo una fiesta que no están disfrutando. Para seguir pagando a aquellos que tanto les reclaman. Para que la administración no ponga todos los medios necesarios para poder plantar, porque de eso se trata, aunque nos olvidemos de ello, de plantar falla. Plantar un patrimonio que se nutre de falleros vestidos con sus mejores galas, pólvora, música y falla.

Los casales, las carpas, incluso la calle en sus necesidades concretas, pueden ser tan seguras como cualquier otra instalación o evento organizado por nuestras instituciones. Los falleros y falleras están padeciendo una restricción de movilidad que no sufrieron ni los madrileños en pleno Estado de Alarma el pasado puente del Pilar, olvidándose que pueden ser tan responsables como cualquier otro ciudadano. De hecho, podría ser hasta más sencillo cumplir con las normas exigibles, porque el problema no está principalmente en nuestros barrios, el dilema surge de aquello que no es su responsabilidad, que compete exclusivamente a nuestras administraciones saber gestionarlo.

Pongamos los pies en tierra. Dejemos de mirarnos el ombligo y entendamos que esto no es un mal sueño que olvidaremos al despertar. Asumamos que tenemos pesadilla para rato, teniendo que buscar la manera de no agravar más la situación pisando como lo hacía el caballo de Atila.

NOTA: Este artículo se escribió antes de la nueva declaración del Estado de Alarma (25-10-2020).

Alberto okCon la llegada de Carlos Galiana a la concejalía de Cultura Festiva y, por tanto, a la presidencia ejecutiva de la Junta Central Fallera, se reabre, una vez más, la eterna asignatura pendiente: la convocatoria de un Congreso Fallero. A nadie le puede extrañar.

Si forzamos un poco la memoria (ejercicio más que saludable), recordaremos a ese Galiana que, en la última legislatura de gobierno municipal del PP, asamblea tras asamblea de presidentes y presidentas de falla, no sabemos muy bien si como presidente de Sevilla-Dénia o como representante no oficial de Compromís, se esforzaba en reclamar la convocatoria de un Congreso Fallero. No solo él. Recuerdo intervenciones de, por ejemplo, Sofía Parra, José Manuel Cort, Joan Ramírez, Felipe de los Ángeles y tantos otros presidentes y presidentas de falla que también lo pedíamos alzando nuestra voz y dejando el mensaje de un Reglamento Fallero que ya hacía aguas por todas partes.

Y llegó el momento: una vergonzante asamblea en la que, por fin, el entonces presidente de JCF y concejal de Fiestas, Paco Lledó, sacó a votación la convocatoria del congreso. A esa cita el mundo fallero llegó con el final de su división: por un lado, la histórica Interagrupación y, por otro, la escisión de ésta que llegó a tener cierto rodaje. En aquella asamblea se consumó una suerte de ‘pacto no escrito’ en el que se llegaría a un acuerdo: votamos no. No porque no estemos de acuerdo con la convocatoria del congreso, sino porque creemos que, en el mes de febrero, a las puertas de la semana fallera, no es el momento… como si se hubiera tenido que iniciar al día siguiente… En resumen, una absurda ‘demostración de fuerza’ antes de volver a la unión de la Interagrupación. Y no hubo congreso.

Un Congreso Fallero se convoca con el fin de modificar, en todo o en parte, el Reglamento Fallero, que es algo así como la ‘constitución’ de nuestra fiesta. La norma en virtud de la cual nos debemos regir en nuestro día a día. Es algo serio que tiene muchas consecuencias. No es un tuit ni un post de Facebook ni una foto de Instagram. Es necesario saber qué queremos cambiar y para qué.

Las elecciones municipales de 2015 cambiaron el escenario político municipal: se puso fin a los 24 años de mando de Rita Barberá dando paso a un nuevo equipo de gobierno formado por Compromís, PSOE y Valéncia en Comú, liderado por el alcalde Joan Ribó. Finalmente sería Pere Fuset quien se alojaría durante los siguientes cuatro años en la presidencia de la Junta Central Fallera. La legislatura que se iniciaba, sin duda, fue la legislatura perdida. Pere Fuset ha sido un mal concejal de Fiestas y un peor presidente de Junta Central Fallera. Sin ninguna experiencia en el día a día y en la problemática de las Fallas y muy mal asesorado por parte de su equipo en el Ayuntamiento, se empeñó siempre, sempiterna y obsesivamente, en enfrentarse con el mundo fallero, especialmente con sus legítimos representantes. A las habituales tensiones entre falleros y Ayuntamiento, además, supo sacar constantemente palomas de su chistera con las que crear nuevas, pero no por ello absurdas, polémicas en las que se diluyó la legislatura de las oportunidades perdidas. A pesar del rayo de luz que se abrió en la secretaría general de Junta Central Fallera con la llegada de Ramón Estellés, el mundo fallero nunca acabó de fiarse de su presidente oficial y nunca quiso celebrar el congreso bajo su mandato.

Lo cierto es que un Congreso Fallero no es asunto menor. Un Congreso Fallero se convoca con el fin de modificar, en todo o en parte, el Reglamento Fallero, que es algo así como la ‘constitución’ de nuestra fiesta. La norma en virtud de la cual nos debemos regir en nuestro día a día. Es algo serio que tiene muchas consecuencias. No es un tuit ni un post de Facebook ni una foto de Instagram. Es necesario saber qué queremos cambiar y para qué. Es imprescindible acudir al congreso con la mente abierta y la premisa de incluir, que es lo mismo que reconocer al contrario. Nadie es ‘extra fallero’. Todos y todas sumamos. Es importante, por tanto, no bascular del negro al blanco, ni del azul al rojo. Lo óptimo es hacer un reglamento con el que todos y todas podamos tener nuestro espacio de acción y de libertad: desde quienes deseen mantener su banda y quienes no lo deseen, hasta la reforma de ese, cuando menos, arbitrario y aberrante ‘código penal fallero’, pasando por la consideración de nuestro idioma como valenciano. Sin más. Sin apellidos. Que cada padre y cada madre le ponga el suyo.

Sr. Galiana, presidente, es muy probable que ni en la peor de tus pesadillas hubieras podido imaginar un inicio de mandato tan amargo como el que estás viviendo. Ahora bien, de esta situación hemos aprendido algo: cuando el poder político y el mundo fallero van de la mano se pueden conseguir cosas que, dos días antes, parecían imposibles, inimaginables. Es evidente que tu voluntad es celebrar, esta vez sí, el ansiado Congreso Fallero. Esperamos que la premisa del congreso sea la misma con la que estás enfrentando la crisis del coronavirus: el diálogo y la inclusión.

Alberto García Iranzo es copresidente de la falla Salamanca-Conde de Altea

NOTA: Este artículo se escribió antes de la nueva declaración del Estado de Alarma (25-10-2020).

 

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